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Padre Tomás: Testigo de Cristo en una tierra donde la brujería es cotidiana

Padre Tomás: Testigo de Cristo en una tierra donde la brujería es cotidiana

Lleva catorce años misionando y aprendió a confiarse por entero a Dios. “A veces el sacerdote ni siquiera sabe que lo quieren envenenar y los brujos se acercan diciéndole que «Su Dios es más poderoso» que el ídolo de ellos, porque habían hecho de todo por matarlo y fracasaron. Eso ha llevado a muchos de ellos a la conversión…”

En Oceanía se enclava Nueva Guinea, un territorio insular de exuberante flora y fauna cuyas especies aún no han sido todas identificadas; con habitantes vinculados en clanes de una identidad cultural tan arraigada que poseen su propio dialecto, más de 800, en un territorio de 785 mil kilómetros cuadrados y cuyos habitantes suman poco más de 7 millones; isla rica en oro, cobre, petróleo y recursos marinos expoliados desde hace décadas por diversos países mediante concesiones; con una sangrienta historia de invasiones –efectuadas por diversos gobiernos europeos como Holanda, Portugal, Alemania, Inglaterra, y en un período reciente desde Indonesia– que no han logrado doblegar la voluntad de independencia en los habitantes históricos de este territorio. Al respecto, una mitad de la isla se encuentra hoy bajo dominio de Indonesia y la otra mitad –Papúa– logró su independencia el año 1975.

A ese territorio libre llegó hace catorce años el argentino Tomás Ravaioli, recién ordenado sacerdote en el Instituto del Verbo Encarnado. En esta entrevista para el portal católico Portaluz, comparte los desafíos que involucra la misión en este territorio… “Se trata de gente que durante miles de años no ha conocido a Dios, no han conocido a Jesucristo, han invocado espíritus, han practicado ritos de espiritismo y todo este tipo de cosas”, confidencia padre Tomás.

Es un país muy grande donde aún hay muchos lugares vírgenes y tanto la civilización como la evangelización no se dieron en todos lados al mismo tiempo. Por ejemplo, en la zona donde yo me encontraba antes, Vanimo –viví diez años allí–, la civilización llegó entre 1960 y 1961. Hasta hoy se sigue viviendo sin agua corriente, sin electricidad, la gente se baña en el río; en fin, uno está viviendo como hace 500 años en América. Pero es una isla hermosa, con verano todo el año y una naturaleza que da todo, porque se tiene un mar lindo, transparente, lleno de peces y al mismo tiempo la selva llena de vegetales y frutas. A pesar de ser un lugar tan pobre aquí no hay desnutrición como en África.

Las familias están divididas en clanes. Por ejemplo, una familia de siete hermanos, cada uno con sus hijos y a la vez estos con sus hijos también, forman un clan.  Los clanes se juntan en aldeas, de tal modo que en una aldea de mil personas uno encuentra 15 o 20 clanes; y las casas son muy sencillas, hechas de material de la selva, es decir con madera y en el techo tienen unas hojas especiales que parecen paja e impiden al agua entrar. Esa es la vida. Uno entra a la casa y es simplemente una habitación grande donde viven 10 o 15 personas.

Valoran la familia y aman la vida. Aquí no se piensa en abortar para nada, eso es una locura y las familias realmente son numerosas. Se respeta muchísimo a los ancianos y toda vida es bienvenida. Aunque viven en una gran pobreza, no van a dejar de traer un hijo al mundo simplemente porque son pobres. Saben que Dios se va a ocupar y son generosos al transmitir la vida, como al momento de cuidarla.

El principal desafío para la iglesia católica –sobre todo en esta zona en la cual el evangelio esta recién llegando, porque apenas hace 60 años llegaron los primeros misioneros–, es la lucha contra el paganismo. Se trata de gente que durante miles de años no ha conocido a Dios, no han conocido a Jesucristo, han invocado espíritus, han practicado ritos de espiritismo y todo este tipo de cosas… Y de repente ahora se encuentran con Jesucristo. Les cuesta mucho desarraigarse de lo anterior, porque renunciar para ellos de lo anterior significa renunciar a la propia identidad, a la propia familia, a las propias raíces. Entonces en estos momentos la gente está como tironeada por todos lados; por un lado, la fe católica se impone, porque es la verdad que se impone por su propia naturaleza, pero al mismo tiempo la gente no quiere renunciar a lo anterior. Este es el principal desafío y obstáculo para la misión de Papúa.

Sí. Papúa Nueva Guinea está repleto de todo este tipo de cosas.

Cada diócesis tiene un exorcista. Yo personalmente nunca he realizado ningún exorcismo. Sin embargo, he presenciado cosas que son realmente muy… Es decir, donde la misma fe y el mismo Jesucristo se impone sin necesidad de exorcistas, mediante las oraciones realizadas por sacerdotes. He visto conversiones de brujos, de chamanes. Casos como esos he visto muchos donde siempre vence Jesucristo, se impone Él; y le repito, sin necesidad de un exorcista. A veces el sacerdote ni siquiera sabe que lo quieren envenenar y los brujos se acercan diciéndole que «Su Dios es más poderoso» que el ídolo de ellos, porque habían hecho de todo por matarlo y fracasaron. Eso ha llevado a muchos de ellos a la conversión. Es decir, Dios actúa de una forma misteriosa sin atarse a ninguna cosa. Él obra maravillas que se imponen por su misma naturaleza.

Papúa es el paraíso del misionero porque nosotros, por ejemplo, en la parroquia tenemos adoración al Santísimo todos los días y todos los días está llena de niños, de jóvenes, de adultos. En la misa diaria tienes 400, 500 o 600 personas; el sacerdote se sienta a confesar y no se puede ir más. La gente de las aldeas tiene el hábito de la confesión semanal y en ese sentido es un lujo. Yo he visto en Papúa manifestaciones de fe que no conocí en otro lugar del mundo.

Se bautizan todos los niños que nacen, lo mismo la primera comunión, la confirmación son sacramentos que reciben todos los niños y con una buena preparación, no es algo superficial. Más complicado es el tema de los matrimonios, porque aquí en Papúa todavía existe la costumbre de comprar a la novia. El hombre paga una cantidad de dinero que negocian con los padres o los tíos. Es un problema porque muchas veces vienen a casarse, a pedir el sacramento, y la mujer no quiere, la chica dice: yo no quiero casarme. Otras veces que la mujer dice sí, pero después uno se entera que realmente lo dijo porque tenía miedo de que le pegaran. Es un tema muy delicado, somos muy prudentes y tardamos mucho antes de casar a una persona.

Desde los 15 o 16. Es muy triste lo que pasa aquí con las mujeres.

La verdad son sentimientos encontrados. Una profunda gratitud hacia Dios y alegría al mismo tiempo, porque yo no hice absolutamente nada para merecer esto. Se siente esa indignidad donde uno dice: Señor yo no sé si estoy a la altura de hacer las cosas que vos me pedís. Así que hay una gran alegría junto con una gran gratitud y al mismo tiempo indignidad con cierto temor de preguntarle muchas veces al Señor. Pero soy el hombre más feliz del mundo sinceramente.

No recuerdo la cifra exacta, pero creo que el 40% de las escuelas en Papúa son sostenidas por la Iglesia. La iglesia católica es quien más ha hecho por la educación y por la salud de este país, más que el gobierno incluso. Nosotros en nuestra parroquia tenemos un colegio, dos escuelas primarias, también una pequeña orquesta, una escuela de música para los niños y después también la diócesis tiene alrededor de 30 clínicas de primeros auxilios en la selva.

No, sencillamente aprovecho para pedirles oraciones, porque muchas veces uno piensa que el único que misiona o trabaja por las almas es el misionero y no es así. Uno puede estar misionando desde su casa a través de las oraciones, como ha hecho Santa Teresita por ejemplo, así que aprovecho a pedir oraciones porque yo estoy cada día más convencido de que los frutos de la misión no dependen únicamente del misionero, sino que dependen en gran parte de aquellas personas que rezan por el misionero y por la misión.

Pulsando aquí para transferir a la Misión. Vivimos de la caridad de la gente y de la providencia de Dios … Gracias.

Fuente: Portaluz.org

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