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El regalo de Navidad que llevaría por América, Europa y África a Christopher

christopher hartley

El regalo de Navidad que llevaría por América, Europa y África a Christopher

Era un joven seminarista cuando encontró el sentido de su vocación en un regalo de Navidad. Desde entonces, esa certeza infundida por el Espíritu Santo se ancló en su alma.

En la húmeda selva de África un misionero español de cabellera blanca se esmera en llevar el Evangelio y la presencia de Cristo a una población que ha padecido tremendos sufrimientos.

Es Christopher Hartley, sacerdote misionero que abandonó los privilegios y facilidades de su vida en Europa para ir en auxilio de los pequeños de Cristo, enfrentando por ello persecuciones, expulsiones y el riesgo de la propia vida, como relata en una entrevista con el diario digital español “El Debate”.

Un descubrimiento fulminante

Christopher nació en una familia acomodada. Su padre, un empresario inglés, y su madre, una aristócrata española, se esmeraron por sembrar en sus tres hijos la semilla de una profunda fe y valores cristianos, algo que daría frutos a su debido tiempo, pues a los 15 años experimentó un giro trascendental en su vida. “Volví del colegio a las 17:30 de la tarde, tiré los libros encima de la cama. Yo odiaba el colegio, la vida era un asco”, recuerda, y agrega: “Teniéndolo absolutamente todo y una familia maravillosa, en ese momento me di cuenta de que Dios me amaba y que quería ser sacerdote. Y dos horas después llegó de la oficina mi padre, que era anglicano, y fue al primero que se lo dije”, confidencia.

Cuenta que acudió a un sacerdote para aclarar cualquier duda. Poco tiempo después entraría al Seminario de Toledo, donde terminó su bachillerato. “Jamás volví a mirar para atrás. Nunca he tenido la menor duda y he sido el hombre más feliz del mundo. Tan simple como eso”, enfatiza.

Inspirado por la Madre Teresa de Calcuta
christopher hartley madre teresa

Dos años después de ingresar al seminario, la Navidad de 1976, Christopher se fue a celebrarla a casa de sus padres. Allí lo esperaba un regalo que sería gravitante en su futuro: un libro sobre la vida y apostolado de Madre Teresa de Calcuta. Tan conmovido quedó el joven seminarista, que se prometió a sí mismo: “yo toda mi vida me voy a dedicar a esto”.

Poniendo en marcha esta decisión, durante los años de seminario aprovechó cada verano para trabajar como voluntario con las Misioneras de la Caridad en Londres, en los vertederos de Ciudad de México y en las calles de Calcuta. Estos encuentros le permitieron experimentar de primera mano el rostro de Cristo sufriente en los más pobres, fortaleciendo su determinación de ser voz y amor para los descartados.

Tras el regalo de ser ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, Christopher cuenta que descartó la invitación del Cardenal Marcelo González Martín, su obispo, para integrarse a la diplomacia vaticana y en cambio, confidencia que le respondió: “Vengo a pedirle permiso para irme con la Madre Teresa”. Mons. González Martín le instó a permanecer dos años en la diócesis y lo envió a pequeños pueblos de los Montes de Toledo, donde el joven sacerdote comenzó su servicio con las comunidades más humildes de la región.

Cumplidos los dos años, en 1984, padre Christopher, autorizado por su obispo, viajó a Nueva York para unirse a la obra de las Misioneras de la Caridad en el que era por entonces un complejo barrio asediado por el narco y la violencia: el Bronx.

Al cabo de unos años, sin embargo, nuevamente surgió la posibilidad de un cargo que le alejaría del servicio directo a los pobres. “Estaba muy desasosegado, metido en el escalafón eclesiástico y tuve la gracia más grande de toda mi formación sacerdotal para mi vida: el venerable sacerdote José Rivera. Le conté que la jerarquía de la Iglesia me daba miedo y vértigo”, dice padre Christopher, y confidencia que el sacerdote le dio la siguiente respuesta de aliento: “Es mucho más importante elegir a los pobres y no a los cardenales”. Con esto en mente padre Christopher –quien ya llevaba 13 años en Estados Unidos y era párroco de la catedral St. Patrick– expresó al arzobispo de Nueva York su deseo de acudir en misión a República Dominicana, junto a un sacerdote amigo. Con el permiso recibido, en 1997 se inició una nueva etapa.

Misionero sin pasaje de vuelta
Christopher Hartley Bateyes

En República Dominicana padre Christopher conoció los bateyes (barracas) de los trabajadores haitianos en las plantaciones de caña de azúcar. “Eso sí que es misión”, recuerda, “¡había sitios donde nunca se había celebrado misa!”. Indignado, descubrió las atroces condiciones en las que vivían aquellas personas –víctimas de tráfico humano, hacinados sin electricidad, agua potable ni contratos laborales, con salarios miserables…– e inició una batalla cerrada en su defensa, exponiendo la cruda realidad ante el mundo y logrando mitigarla. Pero, perseguido y amenazado por la industria azucarera, finalmente fue expulsado del país en 2006.

Tras esto su camino misionero lo condujo a África. Acompañando la labor de las Misioneras de la Caridad se instaló en Etiopía cerca de la frontera con Somalia, donde permaneció hasta mediados de 2019. “Celebré misa solo durante siete años”, recuerda, “pero la gente iba a recibir el fruto de la Eucaristía, que es la caridad; que era la que yo tenía que manifestar … haciendo el bien que pude hacer durante aquellos años. Lo que es invencible es la caridad, que es lo que deja el signo de interrogación en el corazón del que no conoce a Jesucristo”, comenta.

En 2019 padre Christopher se traslada a Sudán del Sur para servir en la diócesis de Tombura-Yambio, a cargo de las parroquias San Pedro y San Pablo de Nandi y Santísima Trinidad de Andari, donde permanece hasta hoy. “La única razón por la que hacemos todo esto”, explica al portal español Cope, “es para que estas pobres gentes ‘se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad’… Llego hasta donde puedo, de choza en choza por los senderos de estas selvas, pero se quedan tantos sin atender”, lamenta, y por lo mismo, concluye con vehemencia: “Os ruego de rodillas que pidáis ‘al dueño de la mies que envíe más obreros a su mies’… Os pido con toda mi alma que os pongáis en oración ante el Santísimo y pidáis con gemidos y llantos, que el Buen Dios mande más misioneros sacerdotes a su mies”.

Fuentes: El Debate / Cope.es

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